Escenas de la campiña.

Una luz al final del túnel, tímida ilumina el camino,
bailan la luz y la sombra al son de la mecha que arde,
prendida en el candilillo.
La blanca pared encalada, limita nuestros sentidos,
cerrando la visión de fondo, que habita tras el pasillo.
Un eco de pasos se escucha, resonando por el piso,
y con cada uno salpican mil gotitas de rocío,
que adormecidas descansan en las hierbas del orillo.
Está fresca la mañana, está fresca y hace frío,
el relente de la noche aun se cala en los vestidos.
Despacito, lentamente, van despertando vecinos.
Iluminando ventanas con faroles encendidos.
Y con la luz del alba, se oyen los primeros trinos,
de los que habitan las ramas, y las sombras de los pinos.
Tranquilo se despereza, el resonar matutino,
se oyen voces y galopes, y los llantos de algún niño.
Los olores se entremezclan, formando batiburrillos,
volutas de humo y café, junto a el canto de algún grillo,
que rezagado rezonga, escondido en el camino .
Y allí al frente nos da el alto,
un muro de piedra teñido color de tiza,
que le regalan los niños,
y alguna plantita que crece entre sus resquicios.
Mas si al lejano horizonte elevases la mirada,
arados de mil matices descubren muchos hilos,
con mil tramas de urdimbre que conforman mil tejidos.

Un carro arrastran tras ellos, trabajosos dos caballos.
Y con su paso cansado, giran las ruedas del carro,
del hierro que tiñe la herrumbre, corroída por el barro,
y con el chirriar del giro, parecen entonar cantos…
El campesino camina, junto al yugo del caballo,
deslizando pasos calzados, por viejos y ajados zapatos,
polvorientos del camino, que recorren sin descanso.
No están las calles puestas, y las moscas, ¡¡¡ya despiertas!!!
Van torturando al caballo, que resopla por la senda,
e insidiosas van zumbando, metidas en sus orejas.
Mientras nervioso agita la cola,
Sacudiendo las que restan.

Las golondrinas viajan; Del cielo al nido hacen senda,
anunciando los calores que pregonan con su jerga.
Desde lo alto en picado, bajan rozando la tierra,
rasgando el aire que el sol, con su calor ya contempla.
Y tiñe de dorado viejo, el trigo verde que la tierra enerva.
Brotando de sus entrañas, naciendo de fuerzas nuevas,
ya en el olvido quedaron, de nuevo las nieves eternas,
que otrora cubrían los campos, sembrados de tierras yermas.
El verde insolente despunta en la tierra seca,
asomando con descaro su nariz a la dehesa.
Por ello acaba rumiado de esa cabrilla aviesa,
que trota por todos lados, haciendo suya la senda,
bordada de mil cabriolas, y alegrías por la mesa ,
que se ofrece ante ella ya dispuesta.
Los balidos de cabriola se confunden con las vacas,
que mugiendo presurosas corren hacia la moza,
que se acerca por la roza porque es hora de ordeñarlas,
cubo en mano y banco en otra,
camina con paso firme enfundado como en roca,
tallados sus zapatos, en dura leña de sombra.
Zuecos gusta llamarlos, chanclos los llaman otras,
si no se usan con medias, los pies descalzos los lloran,
rozados por sus aristas, que cortan como las hojas.
Mansa se acerca la vaca, Manchada, la llama Aurora,
suave baja la testa, mientras la mano le pasa la moza.
En el piso, acomoda la banca, y bajo ella se apoya,
rozando suavemente las ubres, cae la blanca, gota a gota.
Hasta llenar la lechera, ordeña a una, y ahora otra…

De pronto el ojo se posa, sobre la tela de araña,
que aun respetan las sombras, pues el sol no la alcanza.
Y desprenden mil destellos, como diamantes tallados,
cien mil perlas engarzadas, en la seda de la araña,
que como joyas refulgen, de plata en la madrugada.
Deslumbrando por belleza, en la tela que se enmarcan,
diamantitos en las sombras, parecen joyas de hada,
talladas por artesanos, de manos tan delicadas,
que joyas así en la corona, vieran jamás grandes damas.
Convertida así en hermosa, por su obra la fealdad de la araña.
Espera impaciente a la presa, que quede prendida en su trampa,
para salir victoriosa Inmovilizando sus alas,
con un fino hilo de seda, en la despensa la guarda.
¡¡¡No fuesen todas las moscas, una a una a visitarla!!!
Piensa Aurora fastidiada, sacudiéndose la cara…
¡Si es que no hay bicho viviente, que las supere a pesadas!!!
Manchada la mira indolente, con esa mueca en la cara,
que poseen los bovinos, que ven la vida cansada,
arrastrarse lentamente, día a día, alba a alba.
Y se pone en pie Aurora, irguiendo despacio la espalda,
mientras con un gesto agradece, la leche que ha dado la vaca,
y se la lleva a su casa, cargada sobre su espalda.
Un ternerillo inocente, se acerca con aire tierno,
con los titubeantes pasos, que le proporciona el sueño.
Buscando saciar su apetito, es hora del desayuno,
busca la fuente de leche, con avidez el vacuno.
Topando con el hocico, las ubres de la nodriza,
que aliviada descarga el peso, que pende bajo su tripa.
¡¡¡Que contento el ternerillo!!! El hambre se torna en risas,
y trotando se desliza, buscando con curiosos ojos,
algo que prenda su chispa.
Y entre carros y terneros, entre arañas y entre risas,
van pasando lentamente y día tras día,
los meses en la campiña.
Aletear de arco iris alegran paisajes yermos,
con las danzas de las nupcias,
que preceden el invierno…

YiYi

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